lunes, 5 de mayo de 2014

La Historia del indiano Cantuña: Desde la perspectiva de Luciano Andrade Marín

Como ya hemos escuchado varias veces, desde nuestra más tierna infancia, la historia del indio Cantuña es una de las más curiosas y tradicionales de la ciudad de Quito, ya sea que la escucháramos de nuestros padres o abuelos, ya fuera de parte del libro ¨Terruño¨ que seguramente albergáramos en nuestras casas y leyéramos con entusiasmo, por otra parte, aquellos ajenos a la ciudad debieron escuchar con interés la muy comentada historia del hombre que vendió su alma al diablo a cambio de construir el atrio de la Iglesia de San Francisco en un plazo determinado y contrato del que afortunadamente logró librarse gracias a su arrepentimiento para con la divinidad y su sagacidad para engañar al mismísimo Luzbel, pero aquí yace una versión más realista.

Según señala Luciano Andrade Marín, El mismo Padre Juan de Velasco hizo el relato de la historia de Cantuña.

Se cuenta que Cantuña era un niño de más o menos diez años, cuando en 1.534, escapó del incendio provocado por Rumiñahui, para hacer frente a Benalcázar.  Era hijo del Inca Hualca, seguidor de Rumiñahui a quien ayudó a esconder los tesoros de Atahualpa.
Viéndose huérfano y deforme –quedó corcovado y maltrecho, al caerle encima una casa-  sirvió con buena voluntad a los españoles, hasta que llegó al hogar del capitán español Hernán Juárez.

Como Cantuña era un chico juicioso e inteligente, se ganó su cariño y en el año de 1.542, lo adoptó como hijo propio; le instruyó en la religión cristiana y le enseñó a leer y escribir.  Cuando Cantuña cumplió 25 años, el capitán cayó en pobreza y estuvo apunto de vender su casa (que se ubicaba inmediatamente junto al Convento de los Franciscanos) Cantuña le propuso que en lugar de venderla, construyera un subterráneo secreto y que se proveyera de instrumentos necesarios para fundir metales, pues él le proporcionaría bastante oro, que debía de ser fundido,  para no despertar sospecha.

Con la sola condición de no revelar este secreto, se pusieron manos a la obra y Cantuña llevó muchas alhajas de oro para ser fundidas.   Con la fortuna que Juárez amasaba,  y que despertaba muchas inquietudes, ayudó a numerosas personas pobres.  En 1.550 Juárez falleció y heredó la casa a Cantuña.

Después de su muerte empezaron los rumores en la ciudad, de que Cantuña había enriquecido al difunto, lo que luego confirmaron, cuando el indígena seguía gastando y ofreciendo limosnas a iglesias y personas pobres.  Se obligó entonces a Cantuña a declarar frente a la justicia para explicar su riqueza, y él, sin turbarse de manera alguna, admitió que había proporcionado a Juárez su riqueza y que  a la muerte de éste, ayudó a muchos otros, porque el oro que tenía, era producto de un pacto que él mismo había hecho con el demonio, señalando que había firmado con su sangre una cédula, a cambio de que éste, le diese cuanto oro se le antojase.

Con esta ficción dejó pasmado a los jueces y consiguió que lo dejasen en paz con sus tesoros y sus buenas obras.  Muchos incluso le tenían pena por el pacto demoníaco y algunos religiosos se ofrecieron para conjurarlo.  Él fingía en su terco relato para justificar su riqueza, pero se mantenía sereno, pues era un buen cristiano y sumamente devoto de la Virgen Nuestra Señora de los Dolores.

A su muerte estuvo asistido por muchos religiosos (a quienes ayudó con onerosas limosnas) y con conjuros registraron su casa descubriendo el secreto subterráneo donde se encontraron los instrumentos de fundición y alguna alhajas.  Conocieron el arte con el que los había engañado.  A pesar de ello y de las declaraciones que hiciera un sacerdote confesor de Cantuña, de que había sido una ficción el pacto con el demonio, aún hasta ahora, muchísimas personas siguen creyendo esta historia.

Se señala que con una parte de aquel oro, que les cupo a los Franciscanos, éstos construyeron una iglesia sobre la misma casa de Cantuña, dedicada a Nuestra Señora de los Dolores, con fondos suficientes para mantener su culto y celebrar con fiestas a la Virgen. Esta iglesia recibió el nombre de Cantuña que fue asumida como propia por los indianos.

Esta historia no se conocería si el religioso confesor de Cantuña no la hubiese dejado por escrito y firmada por su propio puño.


  • Tomado de : ANDRADE MARÍN, Luciano, La lagartija que abrió la calle Mejía,Historietas de Quito, Edit. Trama, Volumen 2, Qutio, 2.003

domingo, 4 de mayo de 2014

La Plaza de San Francisco

Considerado uno de los lugares más atrayentes para los turistas, dada la presencia de varios hoteles, como por ejemplo el Casa Gangotena, ubicado frente a la misma, es un sitio de gran valor histórico para la ciudad de Quito. A continuación se presenta un breve resumen de su historia y los grandes cambios que sufrió con el tiempo:
Antes de la llegada de los incas la plaza fue uno de los principales centros de articulación que emplearon los señoríos, para facilitar el comercio entre regiones. Por su ubicación geográfica y por la red de caminos que articulaba este centro fue conservado por los incas e incluso sirvió de escenario para la edificación de los palacios reales de Atahualpa.

A su llegada los incas la dividieron en dos partes, la zona norte llamada Urin y la zona sur llamada Anán, , la primera en que se ubicaba el mercado indígena o tianguez y la ultima de gran prestigio donde habitaban numerosos descendientes de Atahualpa y que en tiempos póstumos seria el hogar de varios españoles de origen pudiente

Una vez llegaron los españoles Fray Jodoco Rickie, miembro activo en el proceso de fundación de la ciudad, solicitó al Cabildo que se le donara a su orden religiosa' los franciscanos' las tierras en que habitó el inca Atahualpa, para adoctrinar a sus descendientes y establecer la Iglesia, el convento y el monumento en honor a San Francisco, para rendir homenaje al Santo bajo cuyo patrocinio habían levantado la villa y que naturalmente da nombre a la ciudad: San Francisco de Quito.

  • Monumento a Fray Jodoco Rickie ubicado al lado norte de la plaza


En este lugar también se estableció una sementera, para producir trigo en la nueva tierra traído directamente desde Europa y proveer tanto a la orden, como a los escasos habitantes de la villa en formación. Con el éxito que esta iniciativa tuvo se amplió la huerta hasta los terrenos donde hoy se levanta la Plaza de Santa Clara- que se ubica al una cuadra al sur de San Francisco ahora espacio restaurado.-
Más tarde los Franciscanos destinaron a esta plaza,  como cementerio para enterrar a los españoles fallecidos.  En el siglo XVII el Cabildo, convirtió a este espacio en una plaza española e hizo colocar en la mitad de ella, la pila de agua de  propiedad de los Franciscanos, que la tenían a su exclusivo servicio en el interior de los patios del Convento

La Plaza de San Francisco sirvió también como escenario del  mercado, donde se expendían al aire libre alimentos y productos que traían los comerciantes de otras zonas. Hasta inicios del siglo XX, sirvió como mercado de abastos para la ciudad y se asegura, que es el espacio, que más tiempo mantuvo la misma función, a lo largo de su historia.

A inicios del siglo XX,  los vendedores fueron obligados a abandonarla y trasladarse al moderno mercado de la Plaza de Santa Clara.  Libre del comercio fue transformada en un jardín y se la llamó “Plaza Bolívar”, pues se tuvo la intención de colocar sobre ella, el monumento al Libertador Simón Bolívar, que finalmente fue ubicado en el parque de La Alameda. En su lugar se colocó en el centro de la plaza, la escultura del Historiador González Suárez; pero con el paso del tiempo, las autoridades municipales retiraron el monumento, que no armonizaba con todo el conjunto arquitectónico.  Se repuso entonces, en este espacio una réplica de la antigua fuente –retirada a inicios del siglo XX-.




En la actualidad es sitio de encuentro para diversos eventos, actos artísticos, sitios a los que concurren compradores y turistas para proveerse alguna artesania, aprovechar las ofertas de los locales comerciales en los derredores y captar asombrosas fotograf'ias de un monumento que detalla per se parte de la historia quiteña.




Un encuentro con la Historia del lugar más emblemático de la ciudad de Quito

El centro Histórico de Quito es quizás el más importante referente espacial y cultural del proceso de construcción identitaria del Ecuador en el que se evidencian obras monumentales, edificaciones y espacios públicos que dan testimonio de hechos del pasado. 
En este lugar se facilitarán los procesos de encuentro con la Historia que se expresan en símbolos y signos que trascienden el tiempo y se comunican con las nuevas generaciones.
En este blog encontrarás un recorrido por las edificaciones y espacios monumentales resaltando parte de su proceso histórico, señalando algunos sucesos trascendentales, tradiciones y costumbres de la gente.




  • La Avenida García Moreno, o de las Siete Cruces, una vía representativa donde se localizan siete templos religiosos de las ordenes fundadoras de Quito