Según señala Luciano Andrade
Marín, El mismo Padre Juan de Velasco hizo el relato de la historia de Cantuña.
Se cuenta que Cantuña era un niño
de más o menos diez años, cuando en 1.534, escapó del incendio provocado por
Rumiñahui, para hacer frente a Benalcázar.
Era hijo del Inca Hualca, seguidor de Rumiñahui a quien ayudó a esconder
los tesoros de Atahualpa.
Viéndose huérfano y deforme
–quedó corcovado y maltrecho, al caerle encima una casa- sirvió con buena voluntad a los españoles,
hasta que llegó al hogar del capitán español Hernán Juárez.
Como Cantuña era un chico
juicioso e inteligente, se ganó su cariño y en el año de 1.542, lo adoptó como
hijo propio; le instruyó en la religión cristiana y le enseñó a leer y escribir. Cuando Cantuña cumplió 25 años, el capitán
cayó en pobreza y estuvo apunto de vender su casa (que se ubicaba
inmediatamente junto al Convento de los Franciscanos) Cantuña le propuso que en
lugar de venderla, construyera un subterráneo secreto y que se proveyera de
instrumentos necesarios para fundir metales, pues él le proporcionaría bastante
oro, que debía de ser fundido, para no
despertar sospecha.
Con la sola condición de no
revelar este secreto, se pusieron manos a la obra y Cantuña llevó muchas alhajas
de oro para ser fundidas. Con la
fortuna que Juárez amasaba, y que
despertaba muchas inquietudes, ayudó a numerosas personas pobres. En 1.550 Juárez falleció y heredó la casa a
Cantuña.
Después de su muerte empezaron
los rumores en la ciudad, de que Cantuña había enriquecido al difunto, lo que
luego confirmaron, cuando el indígena seguía gastando y ofreciendo limosnas a
iglesias y personas pobres. Se obligó
entonces a Cantuña a declarar frente a la justicia para explicar su riqueza, y
él, sin turbarse de manera alguna, admitió que había proporcionado a Juárez su
riqueza y que a la muerte de éste, ayudó
a muchos otros, porque el oro que tenía, era producto de un pacto que él mismo
había hecho con el demonio, señalando que había firmado con su sangre una
cédula, a cambio de que éste, le diese cuanto oro se le antojase.
Con esta ficción dejó pasmado a
los jueces y consiguió que lo dejasen en paz con sus tesoros y sus buenas
obras. Muchos incluso le tenían pena por
el pacto demoníaco y algunos religiosos se ofrecieron para conjurarlo. Él fingía en su terco relato para justificar
su riqueza, pero se mantenía sereno, pues era un buen cristiano y sumamente
devoto de la Virgen Nuestra
Señora de los Dolores.
A su muerte estuvo asistido por
muchos religiosos (a quienes ayudó con onerosas limosnas) y con conjuros
registraron su casa descubriendo el secreto subterráneo donde se encontraron
los instrumentos de fundición y alguna alhajas.
Conocieron el arte con el que los había engañado. A pesar de ello y de las declaraciones que
hiciera un sacerdote confesor de Cantuña, de que había sido una ficción el
pacto con el demonio, aún hasta ahora, muchísimas personas siguen creyendo esta
historia.
Se señala que con una parte de
aquel oro, que les cupo a los Franciscanos, éstos construyeron una iglesia
sobre la misma casa de Cantuña, dedicada a Nuestra Señora de los Dolores, con
fondos suficientes para mantener su culto y celebrar con fiestas a la Virgen. Esta iglesia recibió el
nombre de Cantuña que fue asumida como propia por los indianos.
Esta historia no se conocería si
el religioso confesor de Cantuña no la hubiese dejado por escrito y firmada por
su propio puño.
- Tomado de : ANDRADE MARÍN, Luciano, La lagartija que abrió la calle Mejía,Historietas de Quito, Edit. Trama, Volumen 2, Qutio, 2.003
Es muy interesante la historia, ya que no sabía bien el argumento, Buen Blog felicidades...
ResponderEliminarEs interesante tu blog, sigue publicando historias y relatos antiguos del centro Historico de Quito, te retoma a el pasado a la ciudad colonial.
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